La gestión del miedo

Por Tomás Deglise

Cuenta la historia que los romanos estaban a punto de enfrentarse con una de las tribus germánicas más fuertes y temidas, en lo que se conoce como las Guerras Marcomanas. Al ver a sus tropas inseguras, y por qué no temerosas, Marco Aurelio, su emperador, decidió darles sus leones para animarlos en la batalla. Cuando los germanos vieron aquellas bestias para ellos desconocidas se preguntaron qué animales eran. “Estos son los perros romanos”, les dijo el jefe de la tropa. Los germanos, acostumbrados a la matanza de aquellos perros que les eran molestos, se arrojaron valientes con sus mazas, confiados en su experiencia con esta clase de animales. Su derrota inició con la sorpresa de ver a los leones despedazar a sus mejores hombres.

La actualidad, como aquella historia, muestra que la gestión política no solo consta de cuestiones materiales (como el número de tropas u obras a realizar), sino que engloba un aspecto no menos importante, inmateriales. Lo inmaterial puede tomar muy diversas formas: símbolos, valores, identidades o emociones.

La pandemia por el Covid-19 da cuenta de estos aspectos inmateriales, en especial uno. Como toda crisis posee un contenido (más actual o latente) de carácter emocional que bien puede generar una profundización de la misma.

Dentro del aspecto emocional relacionado a las crisis, como así también a la vida social e individual, aquella que se impone por su relevancia es el miedo. El miedo, dirán ciertos autores, es de una importancia tal que implica la base de la vida en sociedad. En el miedo está la respuesta de por qué nos sometemos al Estado, y es, dirán, porque el miedo es su herramienta básica: nos sometemos porque el Estado tranquiliza nuestro miedo al robo, al hurto, a los enemigos, invasores, desastres y hasta a la muerte violenta, dándonos seguridad previsibilidad en su justicia; pero también engendra el miedo en quienes no lo secundan.

“Las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte, el deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable y la esperanza de obtenerlas por su industria”, Thomas Hobbes en el Leviatán.

La crucialidad del miedo en la vida social (y la vida individual, como veremos) es profundizada en contextos de crisis como el actual, lo que implica la necesidad (y el hecho) de que los Estados gestionen el miedo de sus pueblos dirigiéndolos a las formas más convenientes para sus fines. Ahora bien, ¿qué formas puede tomar?

La definición del miedo, par exellence, remite a que es una repuesta biológica innata en las especies, con una función perturbadora y afectiva para quien la sufre. Sin embargo, a pesar de su aparente negatividad, funciona como un mecanismo esencial de supervivencia de las especies. Su rol sería, entonces, la detección de posibles peligros y la anticipación de decisiones que tiendan a la supervivencia. Desde nuestros orígenes como especie debemos vivir en un mundo donde nos vemos obligados a tomar decisiones contrastantemente, muchas rápidas, bajo presión y sin mucha información; en tales circunstancias, es imposible no cometer errores. Sin embargo, el miedo funciona como sesgo ante nuestras decisiones, generando una tendencia a tener el error menos letal. Esto se puede ver en un ejemplo: podemos ir en excursión y al ver una sombra creer que hay un animal salvaje donde no lo hay, correr, ponerse a salvo y notar que nos confundimos; en ese caso nos agitamos y recibimos la burla de nuestros amigos. Eso se llama falso positivo. Por otro lado, podemos ver la sombra, creer que solo es una sombra y en realidad ser atacados por un animal salvaje. Esto sería un falso negativo. El error menos letal, que tiende a la supervivencia, es aquel que es despertado por el miedo: un falso positivo.

“Quien controla el miedo de la gente se convierte en el amo de sus almas”, Nicolás Maquiavelo.

Esta definición puede referirse al miedo como mecanismo adaptativo. Sin embargo, puede tomar otras formas más extremas. Una de ellas es el pánico. El pánico cómo tal es el enemigo de cualquier conducta adaptativa individual o colectiva, ya que despierta conductas altamente descoordinadas, anómicas y de tipo egoísta (el “salvase quien pueda”), que, además, tienen un fuerte efecto de contagio. Puede llegar a generar aún más daño que la crisis o catástrofe en sí.

En los primeros momentos de la pandemia no fueron pocos quienes temieron el surgimiento de un pánico colectivo. Según expertos el pánico se dispara ante ciertos factores: la sensación de un peligro de vida, el grado de coordinación percibida, el nivel de información y el grado de tranquilidad social; al mismo tiempo, hay una tendencia que a mayores canales de comunicación haya mayor contagio del pánico (por los rumores que lo movilizan). Y fue en estos puntos donde los Estados debieron gestionar el miedo: la comunicación de un grado de coordinación elevado entre oficialismo/oposición (siendo este real o no), esencial para generar tranquilidad y certidumbre; la comunicación de información y datos constantes para no generar un vacío tendiente a ser ocupado por rumores y discursos erráticos (y por qué no conspiranoicos), o en su defecto desactivarlos. Y la comunicación de medidas y avances respaldados por un discurso médico y científico, a fin de aumentar los grados de tranquilidad. Al mismo tiempo, vale decir, no solo fue una gestión estatal: grandes sectores de la sociedad civil, desde organizaciones a grandes medios de comunicación se dedicaron a trasmitir información, tranquilidad y respaldo emocional en los primeros momentos. Una gestión conjunta.

Médicos atienden pacientes de Covid-19 en terapia intensiva, Wuhan, China.

Sin embargo, este contexto nos permite ver una paradoja. Gestionar el miedo sobredimensionándolo, es decir, creer que es mayor o creer que esta más cerca de tender al pánico de lo que realmente lo está puede llevar a que las medidas tranquilizantes, mal ejecutadas, devengan en un relajamiento del miedo. A un no-miedo. Y esto es importante.

Si el pánico genera conductas no apropiadas para que un individuo o sociedad se adapte, supere o sobreviva, lo mismo ocurre con la ausencia del miedo. Los aviadores estadounidenses de la 2da Guerra Mundial tenían un dicho para esto: “Hay pilotos con experiencia y pilotos corajudos, lo que no hay son pilotos corajudos con experiencia”.

Retomando nuestro ejemplo anterior, la ausencia del miedo (no ver el animal salvaje al ver la sombra) no nos llevaría a un falso positivo (las risas por nuestra temerosidad), sino a un falso negativo (la muerte). La ausencia del miedo tiende a cometer errores del segundo tipo, falsos negativos, lo que implica incurrir en el error más peligroso para nuestra supervivencia. La gestión del miedo, en tiempos de pandemia y en tiempos normales, tiene la paradoja que para ser eficaz y servir para los fines de los grupos (o gobiernos) tiene que mantenerse en un umbral específico: no debe generarse demasiada relajación, que haga que los individuos nieguen un peligro que no deja de ser real, ni tampoco debe generar niveles de pánico o parálisis.

El miedo y desesperación representados por Romero Ressendi

En los tiempos actuales, una gestión ética del miedo necesita de un miedo en niveles óptimos: un miedo adaptativo, de supervivencia, responsable, que dé lugar a comportamientos sociales coordinados. Un miedo que permita que no tomemos por perros a los leones. El peligro actual ya no parece ser, como en un principio, el pánico social. Sino, más bien, el relajamiento. Es ahí donde los Estados gestionan.

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