“La dicotomía entre rosca y comunicación resulta muy poco conducente para quienes tienen que gobernar”: Entrevista a Mariana Gené, autora de La rosca política

El armado político suele ser la cara no visible -pero indudablemente necesaria- de la política. En innumerables ocasiones, uno de los desafíos que tiene la comunicación política es hacer frente a los trascendidos de dichos armados: fotos, rumores, etc. De ahí que muchos consultores rechacen todo lo relacionado con la rosca -termino coloquial del arte de generar acuerdos, negociaciones y alianzas- ponderando únicamente la comunicación.

Revista Compol conversó con la Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y l’Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS) de París, sobre su último libro, “La rosca política” (Editorial Siglo XXI).

Mariana Gené. Foto: Infobae

Revista Compol: Entre algunos consultores políticos, sobre todo los más orientados a la comunicación política o quienes se identifican con el marketing político, la idea de armado político, o parafraseando el título de tu libro, la “rosca política”, es un concepto denostado. De alguna forma se pondera la comunicación por sobre el armado. ¿Por qué considerás que esto es así?

Mariana Gené: Lo que ocurre es que la rosca política es un trabajo que se hace a diario en el mundo de la política, pero en general no para ser comunicado. Gran parte de esa tarea de intermediación, negociación y gestión de acuerdos entre pares ocurre “detrás de escena”, con un celo especial por la discreción. No es casual que los especialistas en marketing político no reivindiquen este aspecto de la política, porque tiene “mala prensa” ante la mayoría de los votantes. No obstante, los expertos en comunicación política saben también que ese trabajo de armado es fundamental por ejemplo para tener buenos candidatos, para cerrar lo mejor posible las listas y que se tramiten internamente los conflictos en lugar de que salgan a la luz, para que las decisiones de gobierno sean sostenibles en el tiempo. En ese sentido, el trabajo de los comunicadores y el de los armadores debe encontrar una buena sinergia para que las cosas ocurran. Prescindir de cualquiera de esas dos patas en la política del Siglo XXI es muy poco estratégico.

RC: ¿Es posible un político, una candidatura, que priorice dicotómicamente la rosca –el armado político- o comunicación política?

MG: Bueno, depende de qué tipo de político y de candidatura estemos pensando. Es muy distinto hablar del Ejecutivo (las elecciones a presidente/a, a gobernador/a, a intendente/a) que del Legislativo (las elecciones para diputados y senadores, o concejales). La dicotomía excluyente entre rosca y comunicación resulta muy poco conducente para quienes tienen que gobernar, por lo que venimos de decir: para el desafío mayúsculo que supone el día a día del gobierno nadie puede prescindir de una buena comunicación pero tampoco de un buen armado político que facilite, por ejemplo, conseguir los votos en el Congreso para que pasen las iniciativas presidenciales o aceitar los vínculos con los gobernadores para superar situaciones de crisis.

Ahora, para una candidatura a diputado o diputada, por ejemplo, esa contraposición puede ser muy eficaz y tenemos múltiples ejemplos en la historia argentina reciente (como los hay en otros países) de candidaturas construidas mayormente en los medios de comunicación y apelando a un contacto directo con la opinión pública. En general esas candidaturas están acompañadas de declaraciones disruptivas, con una presencia fuerte en las redes y con una estrategia de diferenciación de “los políticos”. Esas estrategias son muy redituables para algún tipo de políticos, los que son muy populares y tienen una suerte de magnetismo con la opinión pública, pero obviamente son una minoría. En el otro extremo también hay candidatos a cargos legislativos expertos en rosca o a veces con un importante arraigo territorial, que no se preocupan demasiado por las tendencias de la comunicación política ni nada por el estilo. Pueden ocupar puestos importantes en las listas, para entrar al Congreso, pero no son los que traccionan la mayor cantidad de votos.

RC: ¿Cómo considerás que se comunica la rosca, algo que, al parecer, no suele querer ser comunicado?

MG: Es cierto, es algo que en general no busca comunicarse, casi como si fuera el “lado B” de la política. Y sin embargo es algo cotidiano en su funcionamiento. Creo que ahora estamos viviendo un tiempo singular con respecto a eso. Si te fijas, en las elecciones presidenciales de 2019 hubo dos armadores políticos en las listas más competitivas: Alberto Fernández en la del Frente de Todos, y Miguel Ángel Pichetto en la de Juntos por el Cambio. Frente a desafíos importantes para ambas coaliciones, las destrezas que podían aportar estos experimentados armadores políticos se consideraron fundamentales. Y en las respectivas campañas se reivindicaron -en mayor o menor medida, claro está- esas habilidades: la capacidad de diálogo con distintos sectores, el conocimiento de la política, su importancia para la gobernabilidad.

También si pensamos en otra situación tan singular como la que atravesamos ahora con el coronavirus vemos la importancia de esa articulación entre distintos niveles de gobierno, la llegada del presidente a los gobernadores, los vínculos de confianza entre ellos, la capacidad de alcanzar acuerdos y comunicarlos sin fisuras. Las conferencias del presidente con el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires y el gobernador de la provincia, con sus diferencias ideológicas, con las disputas políticas que los enfrentaron en el pasado y que probablemente lo harán en el futuro, son también una puesta en escena, una comunicación virtuosa del valor del armado político.

RC: Baruch Spinoza tenía una fórmula para lo que se refiere a los aspectos sociales: “No reír, no llorar, no odiar, sino entender”. Este sencillo, pero a veces no fácil, axioma fue recuperado por diversos sociólogos como Pierre Bourdieu o Bernard Lahire, ya que representa el espíritu epistemológico de esta disciplina. ¿Cómo te llevaste con el desafío de “no reír, no llorar, no odiar, sino entender” al abordar la política, la rosca y el oscuro mundo del armado político?

MG: Esa frase de Spinoza desató controversias apasionadas. Nietzsche y Foucault la hacen añicos por ejemplo. Pero es cierto que está en el corazón epistemológico de la sociología, y sin dudas de la sociología política. No se trata de darle clase a los políticos de cómo debería ser su práctica o a los votantes de cómo deberían elegir, sino de entender por qué ciertas dinámicas funcionan y se reproducen en el tiempo, qué problemas solucionan, en qué entramados de poder se insertan. En ese sentido, la mirada sociológica en la que me inscribo es realista, busca comprender lo que hay, se esfuerza por llegar a entender fenómenos que son complejos, en vez de hacer como si no los fueran plegándose a lecturas apresuradas del sentido común. En todo caso, a partir de esa lectura con más elementos, fruto de una investigación a fondo, los lectores podrán por supuesto hacer su crítica de la política realmente existente.

Claro que hubo momentos de zozobra para mí durante el trabajo de campo, en los que me asombraba el nivel de acuerdo entre los políticos, sus relaciones de proximidad y su complicidad. También me preguntaba cómo sería recibido el argumento del libro, y obviamente hay un costado oscuro de la rosca que está más allá de las negociaciones decibles y que implica lo que podríamos llamar el sottogoberno, al límite o del otro lado de la legalidad. La intención del libro nunca fue embellecer la rosca o reivindicarla sin más, sino mostrar en qué consiste esa tarea y por qué es tan valorada por sus propios miembros. En ese camino, el libro también busca echar luz sobre algunos de sus peligros.

RC: ¿Cuál es el aporte más importante que tu investigación, y ahora condensado en tu libro, le ofrecés a un lector ávido por entender la política?

MG: Creo que es el de entender que existe una división del trabajo político: que no todos los profesionales de la política hacen lo mismo, sino que existen perfiles y habilidades muy distintas entre ellos. Y que la política tiene múltiples pruebas específicas que no pueden desdeñarse, para las cuales hay distintas destrezas, todas ellas importantes para la democracia y el ejercicio del poder de los partidos (por ejemplo, juntar votos o cerrar acuerdos). También al que le interesa la política encontrará en el libro un recorrido por la historia de estos personajes desde la vuelta de la democracia, por las decisiones que tomaron y el modo en que marcaron épocas y modos de hacer política en Argentina.

RC: Los caminos que llevan al Sillón de Rivadavia son diversos. En el siglo XX para ser presidente democrático había dos caminos: o se recorrían todos los escalones de la política o se recurría al carisma político para impulsar incluso a quienes provenían de la FFAA. Con Macri tuvimos el primer presidente que, si bien no podríamos decir que es un outsider (ya que ostentó cargos públicos desde 2004 hasta el 2015, cuando asumió la presidencia), su carrera no está ni en los partidos políticos ni en las FFAA. ¿Es Alberto Fernández el primer presidente operador? ¿considerás que este oficio/habilidad tuvo que ver en su carrera presidencial?

MG: Es sin duda un presidente muy singular, el primero desde la vuelta de la democracia que tiene una carrera menos importantes en términos de cargos electivos pero una gran espalda en base a sus dotes de armador político. Claramente eso pesó muchísimo a la hora de elegirlo como candidato: la posibilidad no solo de ganar la elección (por ejemplo uniendo a las distintas partes del peronismo que estaban separadas y no era tan fácil de reconciliar por más que muchos advirtieran que era una estrategia posiblemente ganadora) sino también de construir gobernabilidad en un contexto que ya entonces era crítico, por la magnitud de la crisis económica y también de la polarización. Ahora, con la pandemia, estalló además otra crisis y las destrezas de armado político que comprenden el equilibrio entre distintos sectores, la búsqueda de autoridad y persuasión a la vez están sobre la mesa.