Crisis y grandes relatos

Por Tomás Deglise

A comienzos del siglo XIX, en algún lugar de los Estados Unidos, un campesino bautista reflexionó sobre el fin de la historia, o, dicho a la manera cristina, sobre el regreso de Cristo. Con precisión, calculó que llegaría en los primeros meses del año 1844. Pronto se trasformó en un líder de miles de personas. Sin embargo, llegó el día. Nada ocurrió. Se cambió la fecha, aludiendo un error de cálculos, y cuando llegó esa fecha, nada ocurrió. Avergonzado, volvió a sus tareas en el campo. Mas sus seguidores no. Ese día fue el nacimiento de diversas explicaciones, argumentaciones, e incluso iglesias, que dejaron atrás ese día mas no la idea del inminente regreso de su salvador.  El relato sobrevivió, junto con sus seguidores.

Cuenta Gramsci en sus cartas desde la cárcel que algo similar ocurrió en Italia, en la década del 20. La certeza, compartida por él, de la inminente revolución dio lugar a las más diversas rebeliones, esperanzas, al Bienno Rosso y los Consejos de Fabricas, como también a las más diversas explicaciones y argucias respecto al crecimiento del fascismo, y su posterior conquista del poder. Se abandonaron varios postulados, ideas y estrategias y autoridades,  pero ciertamente no la certeza de la indefectible revolución. El relato sobrevivió, junto con sus seguidores.

Anuncio del fallido advenimiento de Cristo

En tiempos de crisis los grandes relatos, políticos o religiosos, no han sobrevivido a causa de sus seguidores, sino más bien sus seguidores se han sobrepuesto gracias a estos relatos. Los grandes relatos modernos, siguiendo a Lyotard, son aquellos grandes discursos que legitiman políticas, prácticas, éticas y formas de pensar basados no en un acto pasado, sino en un acto futuro, universal, necesario e indefectible, del cual toda la Historia se dirige, fin que posee sus líderes y detractores. La emancipación por la razón y libertad, por la salvación de nuestras almas, o la emancipación de la opresión son unos de estos fines. Pensar las crisis con grandes relatos puede ayudarnos a pensar la crisis actual, sin estos.

Toda crisis tiene un lado operativo, de resolución técnica, y un lado político, de resolución política, comunicacional, consensual. Una fuerte respuesta política puede compensar una deficiencia operativa, como también una débil respuesta política puede invalidar un éxito operativo, y mantener la crisis. Los relatos sirven en el aspecto político: la lógica del relato, estructurado por sí, con sus sujetos (el individuo, el proletariado, etc.), su nudo y su futuro e inevitable desenlace permiten generar discursos prácticos para la crisis.

La libertad guiando al pueblo, por Eugène Delacroix

Los grandes relatos logran una fácil categorización de los roles de la crisis: quienes son las víctimas, los héroes, lo respaldos y los culpables, lo que facilita la operatividad y la comunicación de crisis; esto, al mismo tiempo, se encuadra en lógicas ya conocidas, donde el culpable tiende a ser repetitivo (igual que sus intenciones), por lo que permite una fácil explicación y un ordenamiento coherente y consistente de la realidad y sus respectivos eventos, lo que da, en suma, una clave básica que permite a los individuos sobreponerse: un grado considerable de certidumbre. Sin embargo la certidumbre se potencia y complementa con una fuerte esperanza en la superación: la estructura misma del relato, que tiende a explicar un fin necesario e inevitable da confianza y esperanza a los sujetos, un fuerte respaldo emocional. La más dura crisis económica puede golpear al obrero, pero éste se resguarda en que la misma crisis es la evidente demostración que se acaba el capitalismo; la más dura persecución religiosa puede perseguir al cristiano, pero este se resguarda en la confianza que no es más que una señal de la venida de su salvador. El relato, por otro lado, es esencialmente un discurso que legitima, que por su visión de épica y conflicto histórico, moral y universal es sumamente susceptible a la radicalización basada en la necesidad de su fin último: la sociedad de iguales, el fin de la opresión, el reino de la razón y la libertad, etc. En estos términos, los grandes relatos han funcionado como un gran recurso comunicacional para la justificación de medidas radicales, medidas que, profundamente legitimadas, tenían costos menores.

Voluntarios británicos se alistan para en combate en lo que será la Primera Guerra Mundial, conocida en aquel momento como “la guerra que acabará con todas las guerras”}

Sin embargo, los relatos y su proyecto moderno no fue abandonado, sino aniquilado:

“Hay muchos modos de destrucción y muchos nombres le sirven como símbolos de ello. ‘Auschwitz’ puede ser tomado como nombre paradigmático para la “no realización” trágica de la modernidad” (Lyotard, 1999)

La muerte de los grandes relatos nos encuentra en medio de una crisis sin precedentes, donde no hay posibilidad de gozar de las bondades de éstos. La comunicación de crisis sin grandes relatos plantea, pues, ciertos desafíos que pueden ser vistos y contrastados en estos momentos: sin relatos la formulación de un discurso coherente se dificulta, dada la falta de un gran aglutinante ideológico-moral que permita poner sobre sí diversas posturas más o menos diversas, lo que implica un mayor dificultad política en el gobierno; por otro lado, la categorización de los diversos roles en los actores sociales en la crisis son disputados desde los más diversos discursos ideológicos, técnicos y políticos, los cuales no logran agruparse con facilidad. Esto da lugar, además, a dos hechos de crucial importancia en términos de gobernabilidad:  la más engorrosa legitimación de medidas y por otro, la necesidad de un fuerte respaldo emocional, ante la posible caída en el escepticismo y desesperanza por el futuro, que bien puede provocar un aumento de lógicas egoístas y poco acatamiento a mandatos gubernamentales: es decir, anomia.

La caída del muro de Berlin, en 1989, fue el acta de defunción para el relato marxista, que culminó con la disolución de la URSS. El escritor Paul Auster resume esto: “Nos guste o no el marxismo, el hecho es que dio esperanzas”

Frente a esta crisis sin relatos se han presentados diversas formas de enfrentar estos desafíos. La particularidad de este caso, hecho que se desprende de la particularidad de la crisis, es que la compensación de los relatos fue dado a partir de los gobiernos y también por la sociedad civil. En primer término, respecto a la coherencia discursiva los gobiernos ven, al menos, dos grandes salidas: por un lado, un acuerdo de unidad nacional con la oposición, y por otro la llamada tentación autoritaria. En segundo término, tanto el desafío por la categorización de roles, la legitimación de las medidas sanitarias y el problema de la desesperanza y el respaldo emocional ha sido, en términos generales, enfrentado a través de una discursividad técnico-científica, es decir, un discurso puntualmente médico, donde se basa la legitimidad de las medidas casi por entero, y donde, además, intenta darse tranquilidad a los pueblos. Esto, sin embargo, está en entredicho: la categorización de roles no está definida, cuando hay presentes discursos economicistas y hasta conspiranoicos.

 Mas lo interesante en términos comunicativos es la estrategia comunicacional adoptada por los gobiernos, en especial el argentino: el discurso racional.  La comunicación estatal tiene un basamento médico científico que, aunque efectivo en su terreno, no responde por completo a las necesidades emocionales. Este vacío en términos de comunicación emocional es ocupado, en cambio, por la sociedad civil y en particular por el mercado: diversas marcas y empresas encabezan una serie de respuestas publicitarias a la crisis con un fuerte contenido emotivo (YPF y Dove, por ejemplo), y presencia de tropos y metáforas de tipo heroicas y bélicas.

La muerte de los grandes relatos ha significado un gran vacío en términos de proyectos universales, sin embargo, momentos como el actual dan cuenta de que su muerte es un desafío, en especial en las crisis, para profundizar y mejorar la comunicación, la coordinación entre distintos actores, e incluso el dialogo.