La crisis de los pilares discursivos de Jair Bolsonaro

Por Lic. Ignacio Pirotta

“Armamos nuestro equipo de forma técnica, sin el tradicional sesgo político que tornó al Estado ineficiente y corrupto”, sentenció Jair Bolsonaro al asumir el cargo de presidente de la República Federativa de Brasil, el 1° de enero de 2019. “Una de mis prioridades es proteger y vigorizar la democracia brasileña, trabajando arduamente para que deje de ser apenas una promesa formal y distante, y pase a ser un componente sustancial y tangible de la vida política brasileña, con respeto al Estado Democrático. La construcción de una nación más justa y desarrollada requiere la ruptura con prácticas que se muestran nefastas para todos nosotros, maculando a la clase política y atrasando el progreso. La irresponsabilidad nos condujo a la mayor crisis ética, moral y económica de nuestra história”. 

Esas palabras interpelaban muy bien a amplios sectores de la sociedad brasileña que eligieron a Bolsonaro, entre otras cosas, por la crisis de legitimidad de la clase política. Confundido a menudo con un outsider, Bolsonaro había sido diputado nacional durante 28 años. Malamud y De Lucca, partiendo de una clasificación realizada por Miguel Carreras sobre la relación de los candidatos con la clase política, lo definieron como un maverick o rebelde. Aquel que enfrenta a lo más tradicional de la política. La profunda crisis de la que Bolsonaro hablaba en su discurso, explicaba su propia emergencia.

Desde el retorno de la democracia las coaliciones de gobierno han sido la clave para alcanzar mayorías que hagan viable la agenda de los presidentes brasileños en el fragmentado Congreso. Pero esa estrategia también ha sido responsabilizada por la corrupción. Al últimamente denostado “presidencialismo de coalición”, Bolsonaro lo dejó de lado y propuso un gabinete formado por “técnicos”. Antipolítica y tecnocracia, fueron dos tópicos permanentes del discurso de Bolsonaro. La frase en negrita del discurso de asunción muestra, además, un elemento que es central para el bolsonarismo. Aunque no suela ser tan recurrente en el discurso del presidente, existe un claro relato que lo posiciona como un líder de movimiento cívico/social destinado a revigorizar la democracia e ir más allá de la formalidad de la misma para darle mayor protagonismo a la soberanía popular. Para la construcción del Pueblo del bolsonarismo es central la anticorrupción y el antagonismo con la clase política.

Manifestaciones en apoyo a Bolsonaro y contra el Congreso, en mayo 2019, Recife, Pernambuco.

“Mi campaña electoral atendió al llamado de las calles y forjó el compromiso de colocar a Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos. Por eso, cuando los enemigos de la Patria, del orden y de la libertad intentaron poner fin a mi vida, millones de brasileños fueron a las calles. Una campaña electoral se transformó en un movimiento cívico, se cubrió de verde y amarillo, se tornó espontáneo, fuerte e indestructible, y nos trajo hasta aquí”, dijo Bolsonaro, describiendo el momento fundacional del populismo bolsonarista.

La salida de Sergio Moro, hasta el 24 de abril pasado Ministro de Justicia y Seguridad Pública, es el acontecimiento bisagra del gobierno de Bolsonaro desde el punto de vista discursivo. El discurso de la antipolítica, fuertemente anclado en la lucha contra la corrupción, sufrió un duro revés. Además, Moro se fue tirando una granada: la denuncia de que Bolsonaro habría intentado interferir en la Policía Federal para protegerse a él mismo y a sus hijos, que son su verdadero núcleo político. Y no menos importante que la salida de Moro es el hecho de que el gobierno brasileño busca realizar una coalición con partidos que forman parte de lo que en Brasil se denomina Centrão.

El Centrão es un conjunto de partidos de centro derecha y derecha que si algo tienen de “centro” es la predisposición a formar parte tanto de gobiernos de derecha como de izquierda. El enroque de nombres habla por sí sólo. Sale Sergio Moro, denunciando que “la corrupción nunca fue una prioridad para el gobierno”, y entra, entre otros, Roberto Jefferson, presidente del PTB (Partido Laborista Brasileño), un hombre marcado por el Mensalão, el escándalo que sacudió al gobierno de Lula allá por 2005. El término “nueva política” ya no se escucha desde hace meses en el Palacio del Planalto.

El relato de “un gobierno de tecnócratas” también está en jaque. La salida de Enrique Mandetta, ministro de Salud, no sólo se dió en plena pandemia, sino que fue esencialmente porque Bolsonaro no estaba de acuerdo con el enfoque del ministro ante la misma. Mandetta se fue reiterando que “su camino es el de la ciencia”, mientras Bolsonaro continúa repitiendo cosas como que “los brasileños no se van a enfermar porque saltan en las cloacas” y no les sucede nada. Mandetta es el caso más resonante, pero no el único. La lista de crisis entre Bolsonaro y los lineamientos técnicos/políticos de algunos de sus ministros incluyen a nombres de los más importantes, como Moro, Guedes (Economía) y Tereza Cristina (Agricultura).

Con el principal pilar del mito populista, la anticorrupción, en crisis, el apoyo a Jair Bolsonaro continúa menguando. Aquello de “un movimiento cívico, cubierto de verde y amarillo”, pasó de una Avenida Paulista colmada durante el acto “Ele Sim” en octubre de 2018, a un puñado casi insignificante de seguidores. “El llamado de las calles” al que se refería Bolsonaro, eran las manifestaciones a favor del impeachment a Dilma Rousseff y contra la corrupción en general. Si el bolsonarismo pretendía erigirse como continuidad de aquellas multitudinarias manifestaciones, nunca estuvo cerca. En lo que sí fue efectivo fue en apropiarse como símbolos políticos el uso de los colores nacionales y la remera de la selección de fútbol, inicialmente retomados por aquellas manifestaciones y utilizados también en otros momentos de la historia.

En una encuesta realizada luego de la salida de Moro, Datafolha muestra que Bolsonaro mantiene una aprobación del 33%. Sin embargo, hay un cambio importante en la composición de su aprobación. Cayó un 11% entre los más instruidos y subió un 8% entre los que no tienen secundario completo, y subió el mismo porcentaje entre los trabajadores informales. En el último tiempo Bolsonaro le dedicó espacio en su discurso a la necesidad de muchos brasileños de continuar trabajando para “llevar un plato de comida a la mesa”. El discurso parece, como notó la antropóloga Rosa Pinheiro-Machado, haber tenido un efecto positivo entre los que dependen de ingresos diarios para la subsistencia. Sin embargo, los nuevos apoyos a Bolsonaro parecen ser muy circunstanciales, habrá que ver el desarrollo de los acontecimientos.

El populismo antipolítico de Bolsonaro está en crisis. Lo que no significa que no siga recurriendo a ese discurso, sino que lo hará menos y sobre todo: ya no tiene la efectividad que solía tener. En el discurso que dio luego de la renuncia de Moro, acompañado por todo su gabinete, Bolsonaro hizo explícito como nunca el eje central de su discurso: “Yo estoy luchando contra el sistema. Contra el establishment. Cosas que sucedían en Brasil prácticamente no suceden más”. Desde que es presidente, nunca antes había tenido necesidad de manifestar ese mensaje de manera tan directa.

Hay algunos elementos desde los cuales el gobierno de Jair Bolsonaro puede mantener o (aunque difícilmente) incrementar su apoyo. Al bolsonarimo le queda recurrir cada vez más al apoyo de sectores conservadores. “La defensa de la familia” siempre fue otro de los tópicos del discurso. De hecho, uno de los factores que posibilitó su llegada fue la creciente ola conservadora que se constata en Brasil desde al menos 2013, año en que tuvo lugar la sanción del matrimonio igualitario. Otro aspecto de la ola conservadora es el punitivismo, aunque Moro era ministro de Seguridad y precisamente en enero pasado ya había tenido una crisis con Bolsonaro a raíz de capitalizar para sí mismo la mejora en el índice de homicidios.

La otra clave de la subsistencia del bolsonarismo, y tal vez la más importante, es recurrir al antipetismo, término utilizado para referirse a la oposición al Partido de los Trabajadores, de Lula da Silva. El clivaje petismo/antipetismo podría ser crucial para darle a Bolsonaro algo más de tolerancia de parte de la población que ya está cansada de él. Curiosamente, desde que llegó al gobierno nunca supo explotar el antipetismo con la misma efectividad que lo hizo antes y durante de la campaña de 2018. El bolsonarismo siempre gastó más energía en confrontar con actores de la derecha (incluyendo al mencionado Centrão), que contra el PT y Lula.

La presencia militar en el gobierno ha tenido un papel simbólico muy fuerte, al menos en un primer momento. Nacionalismo, orden y antipolítica son algunos de los aportes que los militares le dieron al gobierno en ese plano. Sin embargo, la presencia de militares en el gobierno y la sintonía con las Fuerzas Armadas han tenido un rol principalmente de sustento institucional más que simbólico, y esa tendencia se ha acrecentado con el inicio de la crisis del coronavirus. Además, el hecho de que el vicepresidente sea de procedencia militar y afiliado a un partido menor sin dudas colabora en la subsistencia política de Bolsonaro, en tanto dificulta el reordenamiento del poder político-partidario en torno al vice, algo que, cuando sucede, es porque hay un proceso de juicio político en ciernes.

La violencia verbal y simbólica es intrínseca a Jair Bolsonaro. En las últimas semanas, y con el bolsonarismo en crisis, han sido frecuentes las agresiones físicas contra periodistas y manifestantes opositores. Ello es sintomático de que el bolsonarismo, reducido a su núcleo más radical, se ha quedado sin la posibilidad de hacer valer sus argumentos, sin la capacidad, en definitiva, de persuadir y aunar voluntades. Con buena parte de su discurso en crisis, no parece disparatado esperar ver a un Bolsonaro cada vez más nervioso y violento en sus apariciones ante la prensa.

Por último, volvamos al inicio. En su discurso de asunción, una de las frases que más me impactó de Jair Bolsonaro fue: “La irresponsabilidad nos condujo a la mayor crisis ética, moral y económica de nuestra história”. La crisis brasileña es de un orden mucho mayor a una crisis económica o política. También supera las dimensiones ética y moral. Estuve en Brasil durante las elecciones de 2018 y muchos me hablaron de la crisis como algo que iba mucho más allá. “Todo es caos”, intentaba explicarme un chofer de aplicativo. “La economía está en crisis, no hay trabajo, la política es un caos, los políticos roban, los empresarios roban, hay inseguridad…”. Era obvio que los brasileños necesitaban alguien que fije un norte y enseñe el camino. Alguien que lidere. Ante una crisis de esa envergadura, no por casualidad buscaron a alguien que siempre usó en su discurso la palabra “orden”. Pero, con Bolsonaro presidente, ese caos y esa falta de liderazgo, lejos de reducirse, se han incrementado. Brasil sigue en crisis.