El territorio, la nube y el cielo: apuntes sobre liderazgo y representación política

Por Octavio Majul

El cálculo y la estrategia son elementos constitutivos de cualquiera que quiera dedicarse a la política. El cálculo de los apoyos existentes y la estrategia adecuada a estos se presentan como la fórmula infalible para el buen político. Claro que dependiendo el fetiche de nuestro analista el cálculo podrá ser referido a la big data y sondeos de opinión o a la suma de apoyos y anclajes territoriales que un político tenga. Sin nube y sin territorio no habría política. Tanto los devotos del algoritmo como los del territorio tienen una limitación: están forzados a pensar a la representación de abajo hacia arriba y del pasado hacia el presente. Es decir, en la medida que se concentran, estudian y analizan los apoyos y anclajes existentes, el futuro aparece solo bajo la forma de proyección de tendencias del presente. Tendencias, claro, forjadas en el pasado. La acción política eminente parece reducirse a un cálculo: debe suceder más o menos lo que los apoyos existentes permitan, intentando siempre ensancharlos. Un político mirando hacia abajo con calculadora en mano.

Inevitablemente la nube y el territorio son centrales para la política y ningún líder político puede renunciar a ellos. La utopía de quienes piensan la representación de este modo se acerca a la de pensarla como un espejo. La representación perfecta sería aquella que refleje lo más fielmente posible a sus representados, que achique lo más posible la distancia entre ellos. Toda distancia, toda libertad del representante se les presenta como una instancia de posible traición de éste, de alejamiento de los intereses de los representantes. Como un espejo, cualquier distorsión de la imagen reflejada, es vista como un defecto. El sueño de la representación como espejo es, finalmente, el de anular la representación, la transparencia absoluta. El sueño corto de un partido de la red que permita una ciudadanía digital que se autogobierne es la caricatura inversa del sueño largo de un autogobierno asambleario.

Pero agotar el fenómeno representativo en estos aspectos nos podría hacer perder uno de los aspectos más relevantes del liderazgo: la capacidad de creación de órdenes. Es la misma distancia entre el orden social y el orden político que habilita, por momentos, a los y las políticas a falsear los intereses de sus representados la que, en otros, permite solucionar problemas que el mismo orden social no puede. Ninguna tendencia del 2003 podía anticipar la creación de eso que se llamo kirchnerismo. Y que de un sistema político y un sistema social diezmado surja un nuevo orden, con sus nuevas identidades, y disposición de actores políticos tal como perdura hasta el día de hoy. Néstor Kirchner antecede al kirchnerismo. Creó sus propias bases representativas. No hay proyección de tendencias ni sumas de apoyos territoriales que nos de como resultado la creación de la identidad política más persistente de la política Argentina del siglo XXI.

Hoy estamos presente a un fenómeno parecido. La insistencia permanente, de líneas editoriales opuestas, de hacer entrar a Alberto Fernández en los moldes de las identidades previas corre el riesgo de olvidar la potencia creativa de los liderazgos y, más aún, en situaciones excepcionales. A cinco meses del comienzo de su gestión, nadie podía anticipar el nivel de consenso que la figura presidencial recibe, tanto de sus apoyos territoriales -con la suma de intendentes de la oposición trabajando con le oficialismo- como en las mediciones de encuestas. Y se nos dirá que esto es naturalmente así, porque las situaciones excepcionales son por su propia definición imposibles de anticipar. Pero no es sólo la excepcionalidad de la situación lo que hace a lo imprevisible, sino también el de la capacidad creativa de la representación política. Si comparamos con la cantidad de veces que el sistema social se lamenta de que la política no refleja sus intereses, hoy se nos presenta un ejemplo virtuoso de este espejo roto. De un espejo que devuelve algo superador no a pesar de sino gracias a estar constitutivamente roto, de estar imposibilitado de reflejar fielmente. Dejar de obsesionarnos con encontrarnos idénticos en el espejo puede ser una enseñanza que la macropolítica nos deje a la micropolítica de sí.

Inevitablemente la nube y el territorio son centrales para la política y ningún líder político puede renunciar a ellos. Un político o una política responsable debe orientar su mirada hacia abajo con calculadora en mano. Pero también debe mirar hacia arriba -no a los nubarrones de datos- sino al cielo despejado de los ideales que quiere impregnar en el mundo. Podemos parafrasear a Max Weber a cien años de su muerte: el problema aquí es, precisamente, cómo puede conseguirse que vayan juntas en la misma alma la pasión ardiente y la mesurada frialdad.