Aciertos y errores de una comunicación política en jaque

Por Francisco Cano López (Universidad Carlos III de Madrid)

La crisis del coronavirus ha puesto en jaque muchas cosas y, entre ellas, la capacidad de liderazgo de nuestras autoridades públicas y la comunicación política de los gobiernos de, prácticamente, todo el mundo. No cabe duda de que la covid-19 constituirá, durante muchas décadas, el caso de comunicación de crisis, por excelencia, puesto que no habrá un ejemplo más claro, nítido y palpable de una “crisis” como a la que nos ha arrojado el virus en este año 2020. La tensión e incertidumbre que trajo consigo el coronavirus vinieron para imperar en cualquier ámbito de nuestra vida: en los hospitales, en las instituciones, en los supermercados, en las casas y en los medios de comunicación. En todos ellos, se traza una de las grandes verdades de la comunicación política: no todo es buena gestión, sino también, comunicarla adecuadamente. Resulta evidente, pues, que el gran desafío al que se enfrentan los gobiernos es combinar realidad y mensaje, regla básica de la comunicación de crisis que quedará labrada en nuestras mentes tras esta dura experiencia.

En el presente artículo, pretendo esbozar, a grandes rasgos, los que creo que han sido los mayores aciertos y errores de la comunicación que ha desempeñado el Gobierno de España. Dedicaré, especialmente, a éstos últimos, gran parte del objeto de estudio del presente artículo puesto que, contra todo pronóstico, han hecho que el habitual efecto “cierre de filas” del conjunto de la sociedad en relación a su líder, en un momento en el que ésta se ve amenazada por un agente externo, no haya tenido lugar. Quizá, porque esto es España y las dos que la conforman, nunca descansan.

1- Falta de previsión

La llegada de la covid-19 a nuestras vidas nos alcanzó desprevenidos, sin saber actuar y desbordados, tal y como se constató en los supermercados durante la semana previa al confinamiento, cuando se empezaba a vislumbrar lo que posteriormente íbamos a vivir, pero también, los países han demostrado no estar preparados para una pandemia mundial. En enero, cuando el virus empezó a extenderse por el planeta, muchas autoridades en Occidente, entre las cuales se encontraban las españolas, empezaron a mandar mensajes de tranquilidad a sus ciudadanos por miedo a generar un cierto alarmismo, que después pudimos saber que hubiese sido muy necesario, pero solo después.

Todos, sin excepción, veíamos al virus como algo muy lejano, ajeno a nuestra vida, sin embargo, cuando llegó a Italia, la preocupación ya era más que evidente y, a pesar de ello, nuestro gobierno tardó tres semanas en decretar el Estado de Alarma amparado en el artículo 116 de la Constitución Española. Empero, a diferencia de la opinión pública, los gobernantes tienen, o deberían haber tenido, la obligación de prever. Y es, precisamente, esa falta de previsión de nuestro sistema sanitario, la principal crítica (justificada o no), que recibió el recién formado Gobierno de España por parte de los partidos de la oposición y a la que, después, me referiré detenidamente. No obstante, la principal estrategia desde el Palacio de la Moncloa siempre fue la de lanzar mensajes de seguridad y control de la situación para tranquilizar a la población durante dichas semanas, sin duda, un acierto en comunicación de crisis, tal y como señalan los expertos. Sin embargo, ese hipotético control nunca se plasmó en las imágenes (reales y falsas) que más tarde irían llegando a la ciudadanía a través de los medios de comunicación, las redes sociales y los partidos políticos, imposibilitando esa necesaria combinación entre realidad y comunicación de la que hablábamos previamente.

2- Falta de responsabilidad política

En tiempos tan inciertos como los que vivimos en España, y en el resto del mundo, es completamente normal cometer errores como los que hemos visto en la gestión de esta crisis en relación, por ejemplo, con la ya mencionada falta de previsión del sistema de salud pública o, en la compra de material sanitario defectuoso por parte de los gobiernos de distintas Comunidades Autónomas, de nuestro Estado y de otros tantos. Por ello, en la gestión de una crisis de un calibre como la que estamos viviendo, no asumir los errores puede conllevar a un agravio de la crisis, añadir una nueva o, bien, puede conducir a ambas situaciones. Todo ello, sin perjuicio de una potencial crítica de la oposición, avivada por algunos medios de comunicación.

La responsabilidad política, de la que se desprende la necesidad de asumir los errores que pueden haberse cometido y que, apenas, hemos podido observar en nuestro gobierno, también se deriva la obligación de reconocer el problema y la gravedad del mismo, esto es, reconocer la crisis, cosa que hizo, tarde y mal, el ya expresidente socialista Jose Luis Rodríguez Zapatero tras la crisis financiera del
2008, y que Sánchez no ha tenido más remedio que hacer aunque, evidentemente, siendo objeto de crítica.

3- Excesiva dimensión técnica

Ceder una parte importante, no sólo de la gestión de la crisis sino también de su comunicación a los expertos, ha sido el principio rector del ejecutivo de Pedro Sánchez. Es decir, la ciencia y el conocimiento han estado en el centro, tanto de la fundamentación de las decisiones, tal y como nos insiste el Presidente Sánchez en todas sus intervenciones, como, sorprendentemente, de la comunicación de ellas desde las primeras ruedas de prensa del ya famoso Dr. Fernando Simón (Director del Centro de coordinación de alertas y emergencias sanitarias del Ministerio de Sanidad).

Sin duda, de acuerdo el manual de la buena comunicación política, lo teóricamente adecuado (al menos en Europa) es recortar la presencia de políticos y no la de expertos, porque saber que detrás de todas las decisiones hay especialistas en la materia, transmite confianza a la ciudadanía, además de ser rostros que no pueden dar lugar a una identificación partidista a favor o en contra de las medidas que
puedan ir adoptándose. Por ello, es un acierto que Sánchez, desde el principio, diera un peso muy importante a los expertos, también, como forma de evitar la asunción de ciertas responsabilidades políticas, sin perjuicio de que, tras el lunes 9 de marzo, la crisis adquiriera también una relevante dimensión política.

Ahora bien, la excesiva dimensión técnica en la comunicación de crisis puede conllevar dos importantes riesgos. En primer lugar, los expertos no son políticos, por lo que, en su mayoría, carecen de experiencia previa como portavoces de las decisiones de un gobierno, tal y como se ha podido apreciar en los persistentes errores de comunicación del Comité de expertos que realiza ruedas de prensa todas las mañanas. Entre estos errores, el que puso de relieve la desacertada y excesiva presencia de expertos en la comunicación fue el de las declaraciones del General de la Guardia Civil cuando, en relación a la decidida lucha del ejecutivo nacional contra los bulos que circulaban en las redes sociales en relación a la crisis de la Covid-19, llegó a afirmar que trabajaban para minimizar las críticas al gobierno en dichas redes, algo inaceptable en un Estado Democrático. En segundo lugar, la dimensión técnica de la pandemia puede acarrear una cierta frialdad a la hora de tratar temas tan delicados como la muerte, cometiendo el típico error básico en la comunicación de una crisis: deshumanizar el mensaje de las autoridades. Quizás éste haya sido el mayor error que ha cometido el Gobierno, la falta de emotividad, algo básico para que la comunicación tenga éxito y, con mayor ahínco, si se trata de una crisis como la del coronavirus (y de ahí lo realmente “novedoso” de ésta) que implica muerte, dolor, sufrimiento y, además, supone vivirlos en soledad.

4- Sobreinformación y sobreexposición

Un acierto en comunicación de crisis es evitar vacíos de información, algo que el Gobierno ha evitado a toda costa pese a que, aún así, se le haya acusado de “ocultar” datos de fallecidos, aunque la competencia del recuento recaiga sobre las Comunidades Autónomas, incluidas, las gobernadas por la oposición. Sin embargo, hay que saber buscar el equilibrio perfecto entre la cantidad de información dada a la sociedad y la transparencia en la gestión del Gobierno. Además, la comunicación, en todo momento, ya sea en crisis o no, debe ser lo más directa, sencilla, clara y breve posible. No obstante, una vez más, el Gobierno ha caído en el error de la sobreinformación, que se ha materializado en un exceso de portavoces y en dos ruedas de prensa diarias y sucesivas (una del Comité de Expertos y otra de los respectivos ministros) de, aproximadamente, unas 3 horas.

Asimismo, hay que sumar aquello en lo que coinciden todos los expertos en comunicación política: la sobreexposición del Presidente Sánchez. Realizar una rueda de prensa cada fin de semana, someterse al control del Parlamento todos los miércoles y, además, debatir en el mismo, tanto las medidas adoptadas para hacer frente al coronavirus, como la solicitud de la ampliación del Estado de Alarma cada dos semanas, supone sobreexponer la figura del líder. Y es que el jefe de Gobierno no debiera haber realizado ninguna comparecencia en la que no aportase nada, sometiéndose a la crítica innecesariamente y restando solemnidad a sus declaraciones que, además, se han desarrollado en la misma sala en la que se realizan las diarias ruedas de prensa. Pese a ese desgaste que ha contribuido en caer la popularidad del presidente y de sus decisiones, éste ha mostrado, acertadamente, serenidad, solvencia y rigor a la hora de transmitir el riesgo y anticipar las malas noticias, aunque muchas de sus comparecencias no se han definido con exactitud en la medida en que no se han establecido clara y nítidamente los objetivos, destinatarios y contenido de las mismas.

5- Falta de unidad entre las formaciones políticas

Por último, y no por ello menos importante, el mayor de los problemas a los que ha tenido que enfrentarse la comunicación del gobierno ha sido a la incesante crítica de la oposición política que todavía saboreaba la amargura de la derrota electoral, intensificada tras el éxito de la investidura de Pedro Sánchez el 7 de enero de este mismo año.

Desde el mismo día 9 de marzo, la oposición (a excepción de Ciudadanos, tras su aparente vuelta al centro del tablero político durante esta crisis) se dedicó a lanzar mensajes en los que señalaban culpables de lo ocurrido al Gobierno. Esta división en dos, propia de España desde mediados del siglo XIX, pervive incluso cuando ésta se encuentra inmersa en una pandemia con más de 20.000 fallecidos y, precisamente, ello es lo que, en gran medida, impide que tenga lugar el fenómeno al que me refería al inicio de este artículo: “el cierre de filas entorno al líder”. Ha faltado una mesa de partidos que contara con la experiencia de expresidentes o exministros de distinto signo ideológico que hubiese reforzado la unión a la que anhela Sánchez. Una unión con la que aspira, o al menos aspiraba, reducir la crítica a su gestión y comunicación, utilizando simbólicamente para ello el hastag #estevirusloparamosunidos y buscando, nada menos, que la reedición de los Pactos de la Moncloa que en 1977 permitieron sacar a España de una profunda crisis entre todas las fuerzas políticas. Para enfrentar unidos una situación que nos ha desbordado como la de la Covid-19, Sánchez, al igual que muchos otros líderes mundiales, ha hecho uso de un lenguaje bélico, apelando al sentimiento patriótico de no solo la oposición que ha decido pretender sacar rédito electoral de la crisis y sus muertos, sino también, de los ciudadanos a los que ya, de forma habitual, se dirige como “compatriotas”.

En definitiva, entre tantas gráficas, comparecencias del presidente y ruedas de prensa de expertos y ministros, han faltado cierta emoción y empatía con el estado de ánimo de los ciudadanos y cierta asunción de errores, así como han sobrado, claramente, expertos ejerciendo de portavoces aún no siéndolo y un lenguaje bélico que no ha tenido sus frutos: que la oposición cerrara filas entorno al Gobierno. Sin embargo, el Ejecutivo nacional aún confía en que la “desescalada” y su comunicación tengan tal éxito que permitan a los ciudadanos españoles borrar de sus mentes los errores cometidos en el pasado. Este es el motivo por el que el Gobierno, con la oposición de muchas Comunidades Autónomas, desee liderar esta fase de vuelta a la “normalidad”. Sin embargo, dado el clima de crispación política, ello ya no parece sencillamente posible.